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Gotas de amor y lucha

Mi amiga Lidia, mi hermana, la otra parte de mi ser nos regala esta bella reflexión desde sus ojos, como profesora de lengua en secundaria, como madre y como amiga. Gracias por compartirlo con nosotras y ver toda la grandeza de tu alma.

Gotas de amor y lucha

Suena la tableta, son las nueve de la mañana, la verdad es que no es temprano, antes madrugaba más, ¿qué será?, ¿nuevas instrucciones de la Junta?, ¿nos incorporamos ya?, ¿vuelven los niños a clase? Sea lo que sea, no quiero levantarme, otro día más de estrés docente va a acabar conmigo. Cada día que pasa le veo menos sentido a esto, cada día que pasa ellos tienen menos ganas y cada día que pasa siento que mi vocación se evapora en cada uno de los interminables correos que contesto. Cómo añoro entrar a clase, las miradas cómplices, la tarea compartida en la pizarra, las risas, los valores, hacer de psicóloga, adiestradora o madre, además de profesora. Qué largas e interminables son ahora las mañanas que se convierten en tardes, corrigiendo ejercicios de autoría dudosa, ejercicios por los que te mueve la impotencia de no haber explicado una y otra vez, o de veinte maneras diferentes si hace falta, y entre manera y manera, una gracia, un chiste, una anécdota, un lloro, un enfado y siempre la alegría y la risa de compartir el saber. Este es mi mundo ahora, el mundo que construí con apenas once años, la profesión soñada es ahora un manojo de horas falsas frente a una pantalla. Me indigna. Y solo pienso en esto cuando me levanto, una y otra vez, no hay nada más allá de mi agobio y de mi pantalla.

Hasta que la escuché llorar, hacía tanto que no la escuchaba. No es una alumna, no es la madre de un alumno mío, ni una compañera, ni mi hermana. Es una madre que trabaja, trabaja más que yo, y cuando acaba siempre está disponible. No lloraba por estar cansada y no poder más, por faltarle horas al día o por pelear con su hijo para hacer los deberes, no. Lloraba porque hay alguien que pasa hambre. La expresión “pasar hambre” parece algo ya tan lejano y recóndito que no le damos la importancia que tiene, pero pasar hambre es no tener comida en la nevera, es tener que conformarse con un trozo de pan en vez de tomar una comida sana como esas de las que presumen nuestras famosas más top. Pasar hambre es doler el estómago, duele al que la pasa pero también duele a la que es capaz de llorar y conmoverse por ello.

En los siguientes minutos a aquellas lágrimas, mi rabieta de profesora frustrada se vino abajo, como un castillo de naipes mojados. Entonces lloré yo y no pude dormir, imposible borrar de mi memoria la grandeza de ese llanto. Comprendí que mi batalla era algo insignificante y diminuto al lado de la guerra que lidian otros, y entendí que es absolutamente maravilloso que las personas que tenemos otra suerte nos conmueva el daño ajeno. Quién sabe de la lucha de mis alumnos en sus casas, de sus problemas, quién sabe cómo les ha cambiado a ellos esta situación.

Fue un regalo de la vida, qué grandiosa es cuando nos recuerda lo más importante de todo. Ahora no solo quiero levantarme a enseñar lo que se puede, debo hacer lo que esté en mis manos para hacer de este mundo un lugar mejor, debo romper con la frialdad de esa hermética pantalla que no me deja verlos de verdad, y debo mirar a mi alrededor y ayudar, la pantalla no es el mundo. Todos los que vivimos sin pensar qué van a comer nuestros hijos mañana, deberíamos ayudar y dar ejemplo para compensar las desigualdades que han salido a la luz en esta situación. Gracias, amiga, por confiarme tus gotas de amor y lucha.

Lidia Duque Sánchez 

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